El coronavirus en la sociedad mediática global

En una sociedad en aras del perfeccionamiento de la técnica, las investigaciones para curar o paliar el cáncer, las enfermedades cardíacas y degenerativas, debería ocupar un lugar preeminente, dedicándole todos los medios económicos posibles. Sin embargo, la investigación y el presupuesto invertido para la ciencia médica se encuentra minado en relación con los designios a otros rubros: las políticas internacionales resultan exiguas, lo que deviene en insuficiencia del marco de legalidad en sus diferentes nomenclaturas.

Las farmacéuticas controlan el monopolio de la salud privada. Los laboratorios pueden mantener por décadas las patentes de cientos de tratamientos de vital significación para la población mundial, esta exclusividad nos lleva a comprender que el bienestar sólo puede ser negociable en los términos del capital adquisitivo. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud mantiene una distancia sobre los precios altísimos de los tratamientos para esas enfermedades que están arruinando a los sistemas estatales de salud.

El mundo contemporáneo obedece a la sobreexplotación de sectores vulnerados. Sobre la esclavitud que ahora se somete en rentabilidades bajas, el trabajo infantil es una práctica social muy común en Asia, siendo el objeto en la cual los niños participan en una actividad económica, a tiempo parcial o completa. La pobreza, la falta de infraestructura educativa y el crecimiento de la economía informal se consideran como las principales causas del trabajo infantil. El censo nacional de 1998 estimó que solamente en la India el número total de niños y niñas de entre 4 a 15 años de edad era de 12,6 millones, de una población total de 253 millones de niños de entre 5 a 14 años de edad. Ningún organismo estatal ni mundial alerta sobre el deterioro de las condiciones de trabajo ni esas víctimas, ni hablar de los centenares de pérdidas de vidas en condiciones laborales realmente bajas.

Hace unas semanas surgió en una región de China un virus que causa neumonía y tiene una incidencia mortal menor al uno por ciento. Los medios de comunicación de todo el mundo, acompañados con las redes sociales de la mentira global, decidieron que ese era el problema más terrible que había azotado al mundo desde los tiempos de la peste bubónica del siglo XIV que diezmó la población de Europa en casi un tercio.

Donald Trump suspendió vuelos durante un mes. Al menos seis estados de Estados Unidos ordenaron la suspensión de las clases por al menos dos semanas en un intento por frenar el avance del nuevo coronaviurus, que ha contagiado a más de 1.600 personas en el país. Hablo de la ruptura de cierta potencia hegemónica -Estados Unidos- frente a su competidor: China. Ese competidor fue alimentado desde los años ochenta por las potencias occidentales debido a su enorme población, a su pobreza y a los salarios bajísimos de sus trabajadores. Se está cimbrando el pánico en la sociedad.

Las consecuencias de expansión del coronavirus se perciben como una pandemia mundial, sobredimensionada en escalas que permiten clausurar congresos, clases, anular el campo laboral y académico. Ciertamente, el coronavirus es una enfermedad que no tiene cura, debido a que la cepa se modifica de persona a persona, de contexto a contexto.  Pero sus datos no son alarmantes, primero porque no se expande al ritmo de las grandes epidemias que ha sufrido el mundo, segundo porque tampoco los porcentajes de mortandad son equiparables a los de otras plagas como la “gripe” o la influenza. Se está intentando crear pánico a escala global y por eso cada día nos cuentan el nuevo caso que se ha descubierto en Italia, Croacia, Malasia o Torrelodones, los fines son estrictamente políticos y económicos, pero actualmente no tenemos la pasividad de otras épocas, por lo tanto, los agentes intervienen y reproducen ideas. Con la falta de consciencia crítica, aportamos a la sociedad de la desinformación.

El coronavirus no es el fin del mundo, con ello no deseo restarle posibilidad de alerta, pero estamos convocados a no caer en crisis por la manipulación mediática. Las cifras no son realmente alarmantes en relación con las de otra pandemia.

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